La investigadora española Amparo Ruiz Carretero nació en Ciudad Real, en Castilla-La Mancha (España), en 1982. Desde muy pronto se interesó por la ciencia, lo que la llevó a estudiar Química en la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM).
Al terminar la carrera, decidió orientar su futuro hacia la investigación y comenzó su doctorado en Eindhoven (Países Bajos) entre 2007 y 2009. Más adelante amplió su formación internacional con estancias posdoctorales en Chicago (Estados Unidos), entre 2010 y 2012, y en Estrasburgo (Francia), donde ha desarrollado gran parte de su trayectoria científica entre 2015 y 2025.
Fue precisamente en Francia donde logró una plaza en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), uno de los organismos de investigación más prestigiosos de Europa. En reconocimiento a su trabajo, en 2023 recibió la Medalla de Bronce del CNRS, un galardón que distingue a jóvenes investigadores con contribuciones destacadas.
Gracias al Programa ATRAE, Ruiz Carretero se incorporará en septiembre de 2025 al Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid (ICMM), perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en España. Allí pondrá en marcha su propio laboratorio durante los próximos cuatro años, un proyecto que incluye también la incorporación de dos investigadores postdoctorales. Actualmente, ya mantiene vínculos con el centro como investigadora visitante.
Su trabajo se centra en buscar soluciones innovadoras a algunos de los grandes retos actuales, como la crisis energética y los problemas medioambientales, a través de la ciencia de materiales y la química supramolecular.
Uno de los proyectos más interesantes que lidera consiste en el desarrollo de células solares orgánicas. Para ello utiliza compuestos quirales, es decir, moléculas que son como imágenes en espejo que no se pueden superponer, algo similar a lo que ocurre con el ADN o con nuestras propias manos. Esta característica les confiere propiedades muy especiales.
Según explica la investigadora, estos materiales destacan por su versatilidad, flexibilidad y capacidad de adaptación frente a los tradicionales compuestos de silicio. Sin embargo, también señala que, aunque las moléculas orgánicas ofrecen un enorme potencial, todavía no han alcanzado el mismo nivel de eficiencia energética que el silicio, lo que representa uno de los grandes desafíos actuales en este campo.