A veces, los cambios más importantes en la historia de la humanidad no nacen en un campo de batalla, sino en la curiosidad de una niña que camina por los paisajes volcánicos de Hawái.
Jennifer Doudna creció sintiéndose un poco fuera de lugar en Hilo, pero esa misma sensación la motivó a buscar respuestas en los libros. Cuando su padre le regaló "La doble hélice" de James Watson, no solo encontró un interés académico; encontró su destino.
Doudna trabajó con una molécula que muchos de sus colegas ignoraban: el ARN. Mientras consideraban al ADN como el "jefe" de la célula, ella sospechaba que el ARN era el futuro, el que hacía que las cosas sucedieran. Esa intuición la llevó de los laboratorios de Harvard a Berkeley, donde se cruzó con Emmanuelle Charpentier.
Lo que ocurrió en 2012 no fue solo un descubrimiento técnico, fue un "Eureka" que lo cambió todo. Al estudiar cómo las bacterias se defienden de los virus, se dieron cuenta de que habían hallado un bisturí molecular. No estaban inventando nada nuevo, simplemente estaban usando una herramienta que la naturaleza había perfeccionado durante millones de años. CRISPR-Cas9 permitió, por primera vez, que los humanos pudiéramos editar nuestro propio libro de instrucciones con una gran facilidad.
El Nobel de Química en 2020 fue lógico, ella era con diferencia la ganadora, pero lo que realmente define a Jennifer no es el premio, sino su integridad. Al darse cuenta del conocimiento que había descubierto, no se quedó encerrada en su laboratorio. Se convirtió en la conciencia de su propio descubrimiento.
Ha pasado los últimos diez años viajando por el mundo, hablando con filósofos, políticos y ciudadanos, advirtiendo que, aunque podemos "corregir" la vida, debemos hacerlo con verdadera humildad.